Joan Lao, médico psiquiatra

La mente y el cuerpo son las dos caras de la misma moneda. Nuestro organismo funciona de modo integrado y complejo, desde el nivel subatómico y molecular, hasta el mental de las ideas y anhelos, pasando por las células, sistemas orgánicos y las emociones.

Por otro lado, para desarrollarnos y crecer contamos con una determinada dotación genética, y con un ambiente en el que vivir. Continuamente intercambiamos con ese ambiente materia, energía e información: respiramos, comemos, nos movemos, nos relacionamos, nos emocionamos, pensamos, hablamos, amamos, soñamos… Y siempre lo hacemos con todo el organismo.

Este intercambio de energía, materia e información fluye entre los diversos niveles incesantemente, hacia arriba y hacia abajo. Lo que le ocurre a nuestras moléculas nos afecta ascendentemente, hasta influir en nuestras ideas y emociones (piensa lo que pasa si ingerimos alcohol, no bebemos suficiente agua en verano, o tenemos fiebre). También observamos el mismo proceso cuando nos obsesiona una idea, estamos tristes, nos enfadamos o sentimos pánico: se altera el funcionamiento de nuestro corazón y digestión, cambia nuestra respiración, se tensan nuestros músculos y nos movemos de modo diferente, incluso el sistema endocrino se modifica. Todos los procesos de nuestra vida son del organismo total. No hay partes aisladas.

Cuando sufrimos alguna agresión del ambiente, o gestionamos inadecuadamente nuestro organismo, normalmente éste pone en marcha mecanismos de autoajuste heredados evolutivamente, recuperando el equilibrio y el buen funcionamiento (procesos de homeostasis). Pero a veces el desequilibrio escapa a nuestro control, y entonces aparece la molestia, la disfunción o la enfermedad.

Unas veces los síntomas se expresarán más en los niveles somáticos (dolores físicos, palpitaciones, gastritis, ahogos, fracturas, etc.); otras en los niveles psíquicos (inquietud, miedo, ansiedad, delirios, depresión, etc.). Pero en todos los casos será el organismo entero el que enferma; todas sus funciones y niveles se verán comprometidos en mayor o menor grado.

A la hora de plantearse el proceso de sanación  también se debe hacer holísticamente, aunque el abordaje cambiará según las prioridades o la técnica y la preparación del profesional, pero la acción terapéutica se extenderá por todo el organismo. El psiquiatra intentará abordar los niveles mental y emocional, sin descuidar el resto del organismo; los otros especialistas harán su abordaje específico, pero tampoco deberán olvidar el resto de niveles.

Para facilitar el diagnóstico de los profesionales de la salud, tenemos la suerte de que la historia de nuestra vida se va registrando en la memoria orgánica, lo cual quiere decir que nuestro organismo entero va evolucionando de acuerdo con nuestras decisiones: los malos hábitos alimenticios, respiratorios, motores, cognitivos y emocionales quedarán registrados en la estructura y función de los diversos sistemas somáticos y psíquicos, llegando incluso a generar lesiones. Cada una de nuestras vivencias queda registrada en todo nuestro organismo, mente y cuerpo.

Uno de los sistemas que mejor registran y expresan la memoria orgánica es el músculo-esquelético: la composición del tejido óseo o conjuntivo, su metabolismo y composición química, la forma y capacidad funcional, o la forma de moverse, estar de pie o sentarse, refleja lo que hemos hecho y hacemos con nosotros mismos.

La osteopatía se ocupa de este sistema. Cuando el osteópata estudia nuestros huesos, articulaciones o músculos, es capaz de detectar no solo las disfunciones biomecánicas por las que el paciente acude a su consulta, sino una serie de variables que provienen de otros niveles (alimentación, respiración, hábitos, creencias, relaciones, emociones, etc.) y que han quedado registrados en la memoria de los huesos, músculos y tejido conectivo. Se podría decir que cuando te duele un hueso, se está asomando tu mente para quejarse; cuando una articulación falla, son las emociones las que protestan.

Además, el osteópata no solo te indica cómo has llegado a tener problemas, sino que te puede enseñar a entrenar tu sensibilidad, para ser más consciente de ti. De este modo, mejorando tu  capacidad de autoconocimiento, también puedes ejercer mejor la responsabilidad sobre tu propia vida. La enfermedad es una oportunidad para crecer y decidir tu camino. Para ello no solo has de asistir a las sesiones de terapia con tu osteópata, sino escuchar y poner en práctica los cambios en tu vida cotidiana que él te proponga.

Yo he tenido la suerte de poder colaborar con José Luis en múltiples ocasiones, abordando la patología de los pacientes conjuntamente, y te puedo asegurar que la integración de nuestros diversos enfoques siempre fue decisiva para la resolución de los problemas. Por eso me permito sugerirte que si sientes molestias en tus huesos, articulaciones o músculos, no vaciles y pon un osteópata en tu vida.